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Gabinete Psicopedagógico en Las Palmas

Ansiedad en adolescentes

Autora: Alejandra Martín Pais

Psicopedagoga y psicóloga

ansiedad en adolescentes

Ansiedad en adolescentes: qué síntomas pueden pasar desapercibidos

Cuando una familia me llama preocupada por la ansiedad de su hijo adolescente, casi siempre me describe lo mismo: ataques de pánico, llanto, miedo a salir de casa. Eso existe y lo veo. Pero es la parte pequeña de lo que entra por la puerta del gabinete.

Lo que más veo es otra cosa. Un chico de quince años que lleva medio curso con dolor de barriga los domingos por la noche. Una chica con sobresalientes que ha dejado de quedar los fines de semana y nadie sabe muy bien cuándo empezó. Un adolescente al que en casa describen como «insoportable desde marzo».

Ninguna de esas familias pidió cita diciendo «creo que tiene ansiedad». Pidieron cita por las notas, por las discusiones o por el estómago. La ansiedad estaba debajo, pero no se veía desde fuera, y a menudo tampoco desde dentro: muchos adolescentes no tienen todavía palabras para lo que les pasa, así que lo expresan con el cuerpo, con el enfado o con la retirada.

Este texto va de eso. De los síntomas que no parecen ansiedad y que por eso tardan meses en llegar a consulta.

Una aclaración antes de seguir: los chicos y chicas que aparecen aquí no son pacientes míos. Son composiciones, personajes construidos juntando patrones que se repiten muchísimo. Si te suena alguno, es porque esto le pasa a muchísima más gente de la que imaginas.

Ansiedad en adolescentes:el cuerpo lo dice antes que la cabeza

La mayoría de los adolescentes con ansiedad pasa primero por el pediatra o por el médico de familia, no por el psicólogo . Y tiene sentido, porque lo primero que aparece es físico.

Dolor de cabeza casi diario. Dolor abdominal sin causa clara. Náuseas por la mañana, a veces vómitos antes de salir de casa. Necesidad de ir al baño justo antes de un examen. Mandíbula apretada, bruxismo, hombros duros. Taquicardias que el chico describe como «el corazón se me pone raro». Sensación de nudo en la garganta, de no poder coger aire del todo. Mareos al levantarse.

La analítica sale bien y alguien acaba diciendo la frase que más daño hace: «no tienes nada». Sí tiene. El dolor es real, no imaginado. Lo que ocurre es que el sistema nervioso lleva meses en alerta y el cuerpo pasa factura por donde puede.

Hay un detalle que ayuda muchísimo a orientarse, y es la pauta temporal. Pregúntate cuándo duele. Si el dolor de barriga aparece de lunes a viernes y desaparece el sábado; si empeora el domingo a partir de las seis de la tarde; si en Navidad o en verano no existe y vuelve el primer día de clase, ese patrón no es digestivo. Es ansiedad anticipatoria, y está señalando con bastante precisión dónde está el problema.

La ansiedad que parece mal carácter

Este es, con diferencia, el síntoma que más se confunde. Un adulto ansioso suele decir que está nervioso. Un adolescente ansioso da un portazo.

La irritabilidad es la forma más frecuente en que la ansiedad se presenta en esta edad, y casi nunca se lee como tal. Se lee como falta de respeto, como «está imposible», como una mala racha de carácter. En casa se responde con normas, castigos y conversaciones que terminan mal, y el chico se queda aún más solo con lo suyo.

Lo que ocurre por dentro es bastante mecánico. Un sistema nervioso que lleva semanas en alerta tiene el umbral bajo. Cualquier estímulo pequeño lo hace saltar: una pregunta sobre los deberes, que alguien entre en su cuarto sin llamar, el ruido de la tele. No está eligiendo enfadarse. No le queda margen.

Hay dos pistas que suelen diferenciar la irritabilidad ansiosa del conflicto normal de la edad. La primera es la desproporción: la reacción no encaja con el tamaño de lo que la provocó. La segunda es lo que viene después. En el conflicto adolescente típico hay reivindicación, el chico defiende su posición y se queda tan ancho. En la irritabilidad ansiosa hay culpa. Se encierra, llora, a veces vuelve una hora más tarde a pedir perdón o simplemente se queda apagado el resto de la tarde. Esa culpa posterior dice mucho.

Dejar cosas y llamarlo «es que no me apetece»

La evitación es el síntoma más silencioso de todos, porque no molesta a nadie. Un chico que evita no da guerra. Simplemente va ocupando cada vez menos espacio.

Empieza por algo pequeño. Deja el deporte que llevaba practicando seis años. Rechaza un cumpleaños, luego otro. No coge el teléfono cuando le llaman. Pide que seas tú quien hable con el profesor o quien pregunte el precio en la tienda. El día de la exposición oral amanece con fiebre, o con dolor de cabeza, o directamente no va. Y para todo eso hay una explicación disponible: «es que ya no me gusta», «es que son un rollo», «es que paso».

El problema de la evitación es que funciona. Cada vez que evita algo que le da miedo, siente alivio inmediato, y ese alivio enseña al cerebro que evitar era la respuesta correcta. Así que la próxima vez evita antes y más. El mundo se le va estrechando sin que nadie decida nada.

Me preguntan a menudo cómo distinguir esto de ser introvertido, y la diferencia es clara cuando se sabe dónde mirar. Un adolescente introvertido elige quedarse en casa y descansa. Uno que evita quería ir, no ha podido, y después se siente mal consigo mismo. Lo primero es una preferencia. Lo segundo deja resaca.

Las notas y el sueño, dos pistas que se leen al revés

Con las notas hay un malentendido bastante extendido: se vigila la bajada y no la subida.

La bajada es fácil de ver. Lo que no siempre se ve es que muchas veces no es falta de estudio, sino bloqueo. El chico ha estudiado, entra al examen, se queda en blanco y sale sabiendo que se lo sabía. Cuando eso pasa dos o tres veces seguidas, deja de estudiar, porque estudiar ya no sirve de nada. Desde fuera parece desmotivación. Por dentro es rendición.

La subida preocupa menos y a veces debería preocupar más. Hay adolescentes que sacan matrículas y están peor que los que suspenden: repasan a las dos de la mañana algo que ya saben, lloran con un ocho, no entregan un trabajo por si no está perfecto, no salen el sábado porque el lunes hay examen aunque sea de una asignatura que dominan. Un expediente brillante no descarta nada. En consulta veo bastantes.

El sueño es la otra pista. No tanto las horas como la forma: tarda una hora o más en dormirse porque la cabeza no para, se despierta a las cinco y ya no vuelve a coger el sueño, duerme nueve horas y se levanta agotado.

Y aquí suele aparecer el móvil, casi siempre señalado como culpable. Mi experiencia es que en estos casos el móvil es más consecuencia que causa. Un adolescente que está a las tres de la mañana con el móvil muchas veces no está enganchado: está evitando quedarse a solas con su cabeza a oscuras. Si le quitas el móvil sin darle otra cosa, le has retirado la anestesia y le has dejado el dolor. Habrá que regularlo, sí, pero no como primera medida ni como única medida.

Tres casos muy comunes de ansiedad en adolescentes:

L, 16 años. Viene por insomnio. Sus padres me dicen, casi disculpándose, que no saben muy bien qué hacen aquí porque «va bien en todo». Y va bien en todo. También lleva desde octubre repasando cada noche los apuntes del día siguiente, aunque no haya examen. Cuando le pregunto qué pasaría si un día no repasara, no me contesta con un argumento. Se le acelera la respiración. L. no estudia para aprobar. Estudia para que no ocurra algo que no sabe nombrar.

M., 14 años. Llega derivado del instituto por dos partes de disciplina. En casa dicen que está agresivo, que contesta mal, que ha cambiado. En la primera sesión está cerrado, con la capucha puesta, respondiendo con monólogos de tres palabras. En la tercera me cuenta que desde septiembre entra al instituto con el estómago cerrado y que le da pánico que le pregunten en clase, porque el año pasado se traban con él cuando leyó en voz alta. Nadie había relacionado los partes con eso. Ni él mismo.

S., 15 años. Sus padres piden cita porque «ya no sale». Antes tenía un grupo y ahora dice que sus amigas son falsas y que prefiere estar en casa. La retirada fue gradual: primero dejó de ir a los planes grandes, luego a los pequeños, luego dejó de contestar al grupo. Cuando llevamos unas sesiones aparece lo que había debajo, que es mucho más simple y mucho más duro: S. está convencida de que cuando habla dice tonterías y de que las demás se dan cuenta. Salir le suponía tres horas de vigilancia sobre sí misma. Dejó de salir para descansar.

«Son cosas de la edad»

Esta frase se dice mucho y no es del todo falsa, que es justo lo que la hace complicada.

En la adolescencia hay, de forma esperable, más intensidad emocional, más necesidad de intimidad, más conflicto con los padres, más importancia del grupo y más preocupación por lo que piensen los demás. Un chico de quince años que se encierra en su cuarto y contesta regular no tiene por qué tener nada. Casi nunca lo tiene.

Para separar una cosa de la otra uso cuatro preguntas, y no hace falta ser psicólogo para hacérselas.

  1. Intensidad. ¿La reacción encaja con lo que la ha provocado? Una discusión por la hora de llegada es normal. Una crisis de llanto de cuarenta minutos por esa discusión, no tanto.
  2. Duración. ¿Cuánto lleva? Una mala semana la tiene cualquiera. Cuando el patrón se sostiene un mes o más sin remitir, deja de ser una racha.
  3. Interferencia. ¿Ha dejado de hacer cosas que antes hacía? Faltar a clase, abandonar una actividad, perder amigos, dormir mal a diario, comer distinto. Este es el criterio más fiable de los cuatro.
  4. Sufrimiento. ¿Lo está pasando mal? A veces la respuesta se ve en la cara antes de que conteste.

Si la respuesta a tres de estas cuatro es que sí, ya no estamos hablando de la edad.

Qué puedes hacer esta semana

Lo primero, no montar una conversación solemne. Sentar a un adolescente enfrente y preguntarle con cara de preocupación qué le pasa suele producir un «nada» inmediato.

Funciona mejor decir lo que has visto, sin diagnóstico y sin alarma. «He notado que llevas tres domingos con dolor de barriga». «Este mes no has quedado con nadie y antes salías.» Y después callarse. El silencio incomoda, pero es donde aparece la respuesta. Ayuda mucho hacerlo en movimiento y sin mirarse a la cara: en el coche, fregando, paseando al perro.

Hay tres cosas que conviene evitar, y las tres se hacen con buena intención. Tranquilizar demasiado rápido («no es para tanto», «eso se pasa») le enseña que de esto no se habla. Obligarle de golpe a enfrentar aquello que evita suele reforzar el miedo. Y retirar la exigencia por completo, dejar que no vaya, que no exponga, que no salga, le da alivio hoy y le complica mucho mañana. El camino es intermedio: acompañar, graduar, no empujar al vacío ni dejar de avanzar.

Y hay un momento en que conviene dejar de esperar. Si esto dura más de un mes sin mejorar, si ha empezado a faltar a clase, si duerme mal casi todas las noches, si ha dejado de ver a sus amigos, si aparecen crisis de ansiedad o si hay cualquier señal de que se hace daño o de que piensa en hacerse daño, ahí no toca observar un poco más. Toca consultar, y en el último caso, sin esperar nada.

Pedir ayuda pronto no convierte a un adolescente en un chico con problemas. Suele evitar justo lo contrario: que la ansiedad se instale como forma de ser y siga ahí a los treinta años, disfrazada de carácter.

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En Heila trabajamos con adolescentes y con sus familias. Si algo de lo que has leído te ha resultado familiar, podemos valorarlo juntos en una primera consulta, presencial en Las Palmas u online. Ponte en contacto con nosotros.

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